Mostrando entradas con la etiqueta Emocional. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Emocional. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de marzo de 2014

Exilio Emocional


Nueve años y cuatro meses, es el tiempo que lleva mi impuesto exilio emocional. La cifra se vino de pronto mientras fregaba los platos del desayuno. Un poco de olvido es saludable, pero a veces no lo podemos alcanzar, se resiste a quedarse en su lugar, se difumina y trae de vuelta memorias incómodas que creíamos instaladas en la más lejana oscuridad; la memoria emocional inexorable e inescrutable, se incuba, se resiente, se esconde, se burla, se agudiza, se mimetiza en imágenes nuevas y superficiales, engaña, engaña y engaña. Nos hace creer que la hemos neutralizado, que estamos bien, felices, en paz, y de pronto, reaparece removiendo escombros, difuminando cenizas, queriendo saldar viejas deudas mil veces pagadas de mil maneras, traicionándose a sí misma. Llega con el encantamiento del recuerdo para luego dar la estocada en medio del pecho. Pero esta vez resultó benigna, sin acusaciones ni reclamos; tímida, y cautelosa, me fue llevando de la mano a recorrer mi galería personal de imágenes en slide. Volví a sentir el placer de las primeras horas de la mañana, a deleitarme con el amanecer lento, casi imperceptible, descubriendo los colores de las montañas lentamente; los verdes y ocres que la bruma al disiparse va ofreciendo como un regalo, una humilde bienvenida al nuevo día. Los olores de la cocina desvaneciéndose lentamente, abriéndose a otros más penetrantes. Al primer café le sucedía la sutil embriaguez del zumo de naranja y más tarde el tentador aroma de las panquecas o las tostadas; y me pregunto cuándo decidí perderme de esto, cuándo y por qué dejé vacío mi bello sillón inglés a rayas verdes y duraznos, el de mis lecturas mañaneras, frente al gran ventanal que devolvía generoso los colores intensos de las ave del paraíso apuntando hacia mí, llamándome; la blancura apacible de los malabares, la belleza triste de la orquídia torito gravitando en el muro del fondo, la mirada cegajosa de kala, echada pegada al ventanal siempre a la espera de un cariño que rara veces conseguía. Me pasó como a aquel personaje de Musil, Clarise, que despertó del sueño de la infancia recordando su encuentro con el hombre de su vida, entonces el mundo dejo de ser una superficie irregular, desierta y quebrada para convertirse en un círculo de luz. Me estará pasando lo mismo a mí?, claro que solo en la consecuencia del recuerdo pues la llegada del hombre de mi vida es tan reciente que más que un recuerdo es un presente. Lo que sí creo posible es que estoy tomando plena conciencia de la realidad, eso sí puede ser y lo digo con la convicción y el derecho que me da el haber descubierto una manera de vivir que creí impensable, inimaginable, la que se sabe propia, con carácter, con la certeza de que nos pertenece.

De nuevo me vienen imágenes geniales de Musil refiriéndose al hombre sin atributos. Éste pensaba que en su vida todo se había desarrollado como si las cosas estuvieran más relacionadas entre sí que en contacto con él, y quizás en otros tiempos se podía ser mejor persona que hoy, o quizás, más conscientes. La responsabilidad tiene su punto de gravedad, no ya en el hombre, sino en la concatenación de las cosas; las experiencias se han independizado del hombre, por lo tanto no es extraña la sensación de soledad en la modernidad. Los atributos ya no son del individuo son de la sociedad, y quedamos convencidos de ello cuando vemos que la fe comienza a parecer una ingenuidad, ni siquiera es amoralidad, es movilidad moral. Y en eso consistió mi exilio emocional, un largo viaje hacia un lugar cercano, el de mi interior.

Me sucedió lo mismo que a Ulrich. A casi diez años de mi exilio, hoy, con frescura y serenidad pienso porqué lo decidí. Recuerdo que fue por etapas, y cada una de ellas ligada a un estado emocional intenso. Todo comenzó con el paro petrolero que puso en jaque al gobierno autoritario que en esos años apenas mostraba la monstruosidad en que se convertiría. En esos días no me despegaba de la televisión, me hice adicta incondicional y militante del canal de noticias opositor, por momentos pasaba al canal gourmet para despejar la mente por tanto bombardeo informativo, y de paso aprender con los recetarios dulces de la hermana Bernarda, las pastas de Biba y los menús de Narda y Dolly, pero seguía haciendo zapping, no quería perder de nada, era un obsesión; lo político anuló el resto de temas de conversación entre familiares y amigos; a veces entre amigas nos preguntábamos de qué hablábamos antes de la llegada del autócrata, era como si que la vida y su cotidianidad antes del 98 se hubiese borrado de nuestras memorias, el mundo comenzaba y terminaba con las contradicciones y abusos del régimen. De pronto cobró sentido lo anormal, el absurdo y cada día perdíamos nuestra capacidad de asombro sin atinar ninguna respuestas lógica a nuestras angustias; pasamos de ciudadanos, madres, o profesionales, a observadores críticos y a la vez impotentes, que nos comíamos la uñas esperando desquitarnos en el próximo encuentro con algún amigo opositor. Era una pesadilla, la realidad nos rebasaba, una angustia permanente, un sinsentido, una asfixiante incapacidad de cambiar las cosas.

Después de cada proceso electoral, que fueron muchos y muy seguidos, entraba en cuarentena y me negaba a ver el canal, pero reincidía. No soportaba la frustración al confirmar una vez más que robaban nuestra decisión de cambiar al desgobierno sanguijuela que nos ataba de manos dejándonos solos contra la pared, desamparados, preguntándonos una y otra vez cómo habíamos llegado hasta allí?. Después fui entrando en la segunda fase que me trajo al exilio. Extenuada por incontables marchas y concentraciones, después del 11 de abril del 2002 me convertí en un extraño ser, como venida de otro planeta. Me negué a saber qué estaba pasando, pasé de la noticia como forma de vida a la desinformación como sobrevivencia, un acto desesperado para combatir la amenazante depresión, rabia e impotencia a la vez, y encima tener cerca a familiares y amigos, que no sólo justificaba al régimen sino que se beneficiaban de él directa o indirectamente, jugando al doble discurso o al silencio cómplice y cobarde. De pronto desconocíamos a los viejos amigos, eran sus mismos rostros pero con la mirada puesta al cielo, mientras trajinaban las fronteras tras los dólares baratos de las famosas raspadas de tarjetas de créditos con el cupo de viajeros, o en las divisas obtenidas en subastas o bonos de la deuda pública para sus pequeñas importaciones o en el beneficio de las misiones y puestos en el gobierno. Entonces vino la repulsión, el asqueo, una depresión combinada con rabia y lo más doloroso, la sensación de soledad, la marginalización impuesta al negarme a convivir con tanto caradurismo.

Fue entonces cuando inicié mi retirada al silencio. Ya no tenía mi butacón inglés, ni la tv, ni ese salón frente al jardín. Me había mudado con mínimo equipaje a una especie de buhardilla, un anexo elevado que miraba a la sierra, sólo me acompañaba un nuevo tesoro, mi lap top. Mientras tanto afuera el desmoronamiento institucional, social, moral, roía todo a su paso. El país se entregó a una borrachera colectiva, como un último día de carnaval. Rostros delirantes y demenciales salían de los rincones ocupando cargos gubernamentales, otros asaltaban en las esquinas sin el menor temor, conocedores de la descarada impunidad. El fanatismo político se expresaba con violencia, arreciaba el tono insultante, blasfemo, maldiciente, aprendido en las cadena presidenciales; un día éramos escuálidos, otro, fascistas apátridas, la burguesía canalla, infame, la cucaracha que había que pisotear hasta aniquilar. Ya no hacía falta ver la televisión, bastaba con salir a la calle y comprobar el deterioro ya no digamos del patrimonio edificado, reemplazado por la nueva arquitectura del toldo rojo, que abrumaban al transeúnte, y convertían las plazas públicas en mercados persas, poniendo al ciudadano a desgastarse por una bolsa de comida vencida; peor aún, ese deterioro penetró la sociabilidad, nos llenamos de barbarie, del nuevo lenguaje que bajaba del centro de poder, grotesco, insultante, despiadado, escatológico, y sobre todo amenazante, portador del miedo que paraliza y aniquila o, de la indiferencia.
Me refugie en el silencio sanador que me permitiera escuchar mis propias reflexiones. La interrogante estaba allí, acechante; cómo llegamos hasta aquí?; teníamos un país en el que se podía vivir con dignidad, no éramos perfectos, pero habíamos forjado una economía y una sociedad más libre, más proactiva. Qué pasó, en nombre de qué y de quién destruimos lo que habíamos logrado. Pero eran reflexiones sin aliento, sin interlocutores, la gente pensante se había esfumado, algunos al exterior, a su exilio real, otros a sus propias casas, y los demás, una soterrada mayoría, se había acomodado al régimen.

Desde mi ventana hilvanaba imágenes y recuerdos de los cambios que habíamos presenciado. Necesitaba mirar atrás, ir al centro del huracán, llegar al origen de la descomposición; ir tras la senda del desplome, apalancar el alud, elaborar mi arqueología de la fatalidad, desvelar la huella perenne. Urgía encontrar las raíces del mito, el que profana y envilece a la Historia, al concepto ético, al sentido estético, mito apuntalado en tres o cuatro frases: “somos alegres”, “cero rollo”, “le echamos bolas”, “póngame donde haiga”.

Confieso que gasté mis neuronas innecesariamente, no había que ir tan lejos. La respuesta la obtuve una noche que recibí a quien sería mi último tesista de grado, después de ese encuentro. Se trataba de un ex militante del partido de gobierno, descontento y desencantado por la corrupción sin límites, que lo execró por su presunta visión crítica de una organización hegemónica y monolítica como es el partido del líder supremo. Al final de la sesión le solicite su opinión sobre el caos presente. Me lanzó una mirada compasiva, con aires de saber que en efecto domina el tema.
-profe!!! Y en verdad Usted cree que esos tipos que dirigen esto lo hacen por motivos ideológicos y que son socialistas convencidos. Mire, yo creí tanto en el Jefe de este proceso que llegué a pensar que tuvo buenas intenciones, pero él sabía que en política no se pueden dar pasos en falso para lograr su objetivo, quiérase o no, llegar al socialismo. Esto implicaba el control absoluto de todos los movimientos y decisiones y eso se consigue logrando apoyos incondicionales, pero ningún apoyo es gratis sobre todo si de pronto se ven con tanto real en la mano, y apoyos como él logró tenían su precio y muy alto, y eso fue lo que hizo pagar y pagar, a los de aquí y a los de afuera; no estoy justificando, para nada, lo que intento es tratar de ver las cosas desde la realidad por lógica y absurda que nos parezca. A mí también me cuesta aceptar que seamos pasivos y nos quedemos paralizados viendo cómo se nos desploma el país, como si no doliera, como si no fuera con uno sino con el otro, eso es lo que somos, el uno fundido en el otro, cada quien desde su atalaya mirando el espectáculo sin querer formar parte de él.
Mientras hablaba apretaba los puños conteniendo la rabia que sus ojos y la expresión de sus labios no podían esconder.
-No mi profe, no se angustie más, no se desgaste, aquí no pasa nada, somos un gran ejercito de oblomovs, que abren sus neveras con desgano pero en conformidad, no tenemos huevos ni carne, pero aún se puede exprimir el frasco de la salsa de tomate, y así vamos alargando el tiempo hasta que llegue la próxima entrega de la misión; que ya no podemos mandar a los hijos a la escuela, pero pueden trabajar lavando autos o lanzarse a la buhonería. Algo se hace, en la calle hay mucha plata rodando y a nadie le interesa de dónde sale, consciente de que no es del esfuerzo del trabajo honrado pero, como dice la canción, a quién le importa.
Cuando se quedó sola le sobrevino una extraña sensación de vacío, como si la hubiese expulsado un avión en pleno vuelo y su mayor impotencia era evitar que bajara y tuviera que abrir el paracaídas; quería mantenerse en el aire, no tener que pensar, ni odiar, ni entender, mantenerse ingrávida en el exilio que le ofrecía su infancia único lugar que consideraba suyo, seguro, un mundo personal que le daba cobijo y donde la magia y el sentido de irrealidad era lo verdadero. En el tiempo suspendido, transportador, como lo sentía Vilnius al pensar que era el exilio lo que mejor definía al espíritu humano, unidos por el destierro, pero más allá, para mí lo eran la infancia y el pasado, esa cámara secreta del interior, esa puerta falsa como la imaginaba este complejo personaje, detrás de la cual vivimos la auténtica vida, la irrealidad.

Exilio emocional y otros relatos 6


6.- Conversaciones Contratadas


Mientras caminaba el empinado callejón bordeado por un largo seto de cayenas, que conducía al ático donde más que vivir, invernaba su más antiguo y extraño cliente-paciente, Naya Lara volvía una y otra vez sobre imágenes recurrentes de si misma y, a través de ellas, de personas que en algún momento fueron amigos, quienes a su vez la acercaban a personas que sin haberlas conocido, tenía referencias. La gente siempre significó para ella un enigma, que no ha dejado de interrogar. Le persigue una suerte de necesidad de llegarles hasta el fondo del alma y del pensamiento, sobre todo en esta época donde el absurdo y la estupidez compartida se ha enquistado en la cultura local, desdibujando el sentido de la realidad y de la historia al punto de volvernos irreconocibles; como si se hubiese posado sobre la tierra un manto de olvido y desazón.

Apuró el paso, a pesar del esfuerzo en llegar a tiempo, iba retrasada y sabía que RM no la iba a disculpar; afortunadamente -pensó- había llegado a los 60 años en buena forma, podría decirse, a pesar de no entregarse con furia al ejercicio. De hecho, aunque nunca se apasionó por el deporte, intentaba ejercitarse realizando distanciadas prácticas de tenis y últimamente se relajaba con el yoga. Siempre odió el fanatismo en todas sus manifestaciones, y el deporte era uno de ellos. Le irrita el discurso conductual y ejemplarizante de exponentes de ese mundo, para quienes sólo tiene sentido la gloria y el reconocimiento, pero al final deja en el camino una estela de frustración y de “incompletud”, como diría su atrabiliario amigo RM, tan dado a la reinvención del léxico. En algún momento acompañó a las amigas a llevar a sus hijos de cancha en cancha, y no podía evitar cierta repulsión hacia ese discurso destemplado y desarticulado, casi arquetípico, de entrenadores gordos, lentos y desapasionados que intentaban influir, sin éxito, en sus pupilos, supuestos prospectos de alta competencia, en medio de campos enmontados, basura y aguas putrefactas, trampolines dañados, gradas deterioradas, impuntualidad e irritabilidad a flor de piel.
Con todo, Naya se interesaba por su salud y cuidaba su alimentación. Aprendió a conocer sus ritmos metabólicos y ajustar alguno que otro antojo con tal de seguir degustando buenos caldos y secos espumantes sin culpas ni arrepentimientos. Con los años optó, no sin esfuerzo, por la moderación en todos los actos de su vida cotidiana, que asumió muy aristotélicamente, como un feliz equilibrio entre la formalidad y la informalidad, entre la impaciencia y la serenidad. Aunque en el fondo no tenía resuelta su forma de relacionarse con la gente, siempre evitando la confrontación, quedándole al final del día esa incómoda y recurrente sensación que dejan las conversaciones inacabadas, desvirtuadas, sordas….Por eso seguía visitando a su antiguo amigo y reciente cliente, el republicano mordaz como le gustaba llamarlo. Fue él quien le dio la idea de dedicarse al trabajo que ahora realizaba después de jubilarse de la actividad académica. Se lo dijo un día con el habitual tono himplado, con esa cara de niño a punto de estallar en llanto, que utiliza invariablemente sea cual fuere el tema de conversación: alquílate para conversar, comienza conmigo, ve pensando en la tarifa aunque a mi me harás descuento en consideración a mi edad y por las excelentes ideas que siempre te doy…

-Ordalía, ordalía!!!- fue el saludo con el que la recibió RM. Sentado en un viejo butacón forrado de lo que alguna vez fue un raso ámbar y que ahora ofrecía un indescriptible color ahumado, la esperaba frenético. Le hizo el habitual gesto de que se acercara por su lado izquierdo muy cerca de él, impregnándola del penetrante olor de su puro,- black gold, parecía ser el de hoy-pensó, mientras se acomoda en el sillón que le arrimaba muy cerca de él-ya sabes que no puedo evitar tocarte las piernas, y necesito mi mano derecha para el campari- reía estridente. Ella lo entendía y aceptaba, ya eran 30 años de amistad, los mismos años que le llevaba de edad. Aprendió a quererlo con libertad, a no sentir asco por su habitual desaseo, que en realidad no llegaba a la repulsión. Era una de esas personas que mantienen su olor intacto, a cuya piel se adhieren los olores del tiempo, unas veces a guayaba, si había paseado por su descuidado jardín, o, a malabares marchitos, los mismos que ella le cortaba en cada vista y que él esperaba paciente que se los renovara; a tazas de café dejadas por días en los estantes, al papel y tinta de su biblioteca, mezcla de reproducciones de libros raros e incunables, reimpresiones de ediciones primarias y colecciones hemerográficas amarillas y arrugadas escritas en varios idiomas, de contenidos filológicos y filatélicos– no adquiero novedades, ya es poco lo que se puede decir con genialidad después de Azorín, de Unamuno, de Valle Inclán y Borges-solía decir con amarga crudeza.

El ambiente de ese saloncito resultaba embriagador, atiborrado de objetos que nunca se cambiaron de lugar como si el tiempo se hubiese detenido en cada uno de ellos, intocados. Sólo estaban allí, fieles, silenciosos, como si nos miraran. En alguna ocasión, Naya llegó a comparar a su amigo con aquel abominable y trastornado personaje Ignatius Reilly, no tanto por la glotonería y estridencia de éste, sino por su puntillosa intelectualidad holgazana, por el desprecio manifiesto hacia casi todo lo que la Cultura, agentes y actores, son capaces de crear; esos objetos del deseo, esa artificialidad que se escurre por cada rendija que encuentra a su paso. Se solazaba sometiendo al escarnio a opinantes de oficio, representantes de la oficialidad degradada y desmoralizada, a los portadores de la doble moral, como solía calificar a todo representante del poder en todas sus formas y dimensiones.
-cómo es que todavía te provoca tocarme las piernas; no te desagradan?, no se te ha olvidado cómo eran a mis 30?
-hace 30 años mis manos eran otras también, pero es que además te sigo llevando 30 años, sabes que estoy en los 90. A las mujeres les pasa eso, creen que solo ellas envejecen y sabes una cosa, están promoviendo un nuevo género que corre el peligro de regarse como pólvora y si eso pasa sería realmente lamentable. Me refiero a esa especie de lesbianismo asexuado, simbólico, que a ustedes les encanta y que estaría a un paso de convertirse en real y verdadero, cosa que pondría a los hombres en una situación muy débil y a la vez difícil, porque no podríamos competir con bellas mujeres diciéndole a sus congéneres lo que ellas quieren escuchar y armadas con aparatos mucho más potentes, obedientes y eficientes que el nuestro.

Naya se quedó pensativa mientras trataba de descubrir en la mirada azul intensa de su interlocutor la intención de sus palabras, que como ya presentía, serían demoledoras si le daba oportunidad. Sobre la mesa estaban La hija del capitán y La Corte de los milagros, señal de que su amigo seguía acantonado en su ruedo ibérico, nunca mejor dicho. Sobre sus flácidas piernas El Esperpento, marcado, subrayado, seccionado con la precisión forense de quien está frente a una autopsia. No ocultaba la exultación que se hacía patente en el movimiento nervioso de su lengua oscura y afilada que entraba y salía de su boca como un picoroco tratando de salir de su concha. Mientras cambiaba canales de la tv, dejaba caer sus nada ingenuas y desapasionadas miradas a ese hombre occidental, siempre expuesto e indefenso ante su juicio, demoledor, sarcástico, ludibrioso, ordalezco -eres un tercer ojo RM- solía decirle Naya.
-bueno, RM, -dijo casi como un susurro-iniciemos la sesión formal, déjeme pensar en lo que dices y ya te responderé….veo que tienes la televisión encendida, y eso?
-la televisión no, la CTI, es decir, Caja Trasmisora de Imbecilidades. Toda la mañana han estado declarando representantes de la oficialidad tratando de explicar lo inexplicable; enredados en sus propias trampas. Será que realmente pensaron que nunca se iba a descubrir el entramado de corrupción más grande de toda la triste y azarosa historia de este ultrajado país…
-pero es que además esos personajes están en desventaja, pues los observas desde tu atalaya, y te empeñas en seguir el curso de lo inadvertido, como quien ve un juego de futbol y se dedica a seguir del árbitro y no a los jugadores…
-ahí está la esencia y la única forma de hacerse con el control, ellos no se imaginan que están siendo observados desde ángulos inesperados; y es allí donde se ven expuestos tal y como son, figuras erguidas sostenidas sobre sus excrementos…
-amigo querido, háblame de ti, tengo que justificar tu pago
-tu tampoco traes buena cara, hasta cuándo Naya!!!, no sigas torturándote, no te convences de que la gente es horrible y despiadada
-venia escuchando una radio comunitaria. Me conmueve cómo la gente espera paciente la ayuda de Dios, pero es que no le piden lo único que él puede darles –paciencia, humildad, conformismo; no, el judeocristiano tiene la costumbre de meter a Dios en el ámbito de lo humano sin darse cuenta que le ayudaría más en la esfera espiritual; ya lo sufrió en carne propia aquel monje a quien le tocó recibir la confesión en plena agonía de Felipe II, cuando quizás en un intento de frenar el debilitamiento de su propia fe, y confiriendo significado a sus preguntas, se atrevió a discutir con el médico del monarca, quien le venía diciendo que había buscado a Dios durante mucho tiempo y no la había encontrado, llegando a la conclusión de que si existía, no parecía muy interesado en lo que sucede en el mundo….; a lo que el monje le respondió, que no lo está desde el punto de vista humano…
-claro, claro que si-interrumpió- mira, generalmente aplicamos a Dios nuestras escalas de valores y terminamos humanizándolo, es decir, bajándole a nuestro nivel, nos convertimos por antonomasia en él y ya perdemos la perspectiva, entramos en tu a tu que sólo da paso al reproche sin tener la menor idea de sus designios…esa es la fatalidad del creyente…todo lo ve desde si mismo y el mundo se le hace cada vez más pequeño y miserable
-ay RM, el mundo del creyente…ves ahí está una idea crucial que sin poder evitar asoma a mi mente convulsionado mi espíritu….abogo por un olvido colectivo…por el otro lado de la moral, creo que llegamos a más gente con el poder de una mirada que con el de una oración…
-y yo también, pero hoy no me siento a gusto, algo sucedió, y no controlamos el tiempo, casi es hora de almuerzo y de mi primer ron y ya después no soy responsables de mi vida. Parece mentira Naya pero deberías comenzar a preocuparte seriamente para cuando tu día llegue hasta pasada la mañana, es el signo más claro e implacable del envejecimiento; guarda las energías que te quedan para ese momento y no fatigues tanto por las actitudes de la gente que observas, siempre escucharás medias verdades, mentiras presentes que serán verdades futuras…la gente nunca dice lo que realmente siente o desea, serás una solitaria débil, esa que se deriva de la no comprensión del mundo, de eso sabía mucho Saramago tu favorito de lectura de playa; yo en cambio escogí mi soledad como atalaya. Hoy no te daré buenas ideas para tu libro…no te invito a que me acompañes a comer porque como todos los lunes almuerzo refritos de lo que me trae mi nuera los fines de semana, puedo ofrecerte tu Martini que sé que te gusta….

Naya quedó estupefacta, nunca le dijo que escribía un libro. Para ella, sólo se trataría de visitas semanales para desahogarse mutuamente, pero no tuvo fuerzas para discutirle, sabía que lo del almuerzo era una tonta excusa para adelantar su ron añejo como aperitivo, la única manera de conjurar el desasosiego que invariablemente marcaba sus días, en eso Ricardo Reis le llevaba ventaja; tan latinista y estoico que nunca pudo acomodarse al viejo republicanismo y menos aún a la parodia nacional en la que se había convertido, sobre todo en estos últimos años. Naya se hizo la desentendida, y dirigiéndole una mirada mustia, se levantó con desánimo; tenía la mitad del día por delante, era aún temprano para la próxima visita con la que sí tenía previsto comer, y no quería volver a su casa porque a esa hora del día se colaba por el salón una luz incandescente que le removía el sempiterno desasosiego que tanto se empeñaba en conjurar.
-Bueno amigo mio te dejo, nos vemos en una semana, te dejo el ron servido?

Se dejó llevar por el camino pedregoso que conducía a la avenida perimetral de la ciudad; venía pensando que sólo a un personaje como RM se le ocurriría vivir en un antiguo almacén de la zona industrial, ahora en total abandono y desidia. Pero igual pensó que sólo a ella se le ocurría llegar hasta allí caminando y sola, conociendo la peligrosidad del lugar por el alto índice delictivo. Se veía desolado, durante el recorrido iba dejando atrás galpones cerrados, paredes corroídas, ventanas entreabiertas que dejaban ver el abandono y ruina de lo que diez años antes fueron maquinarias de procesamiento de materia prima para la fabricación de plásticos y acrílicos. Finalmente alcanzó la avenida cuando ya el sol calentaba su espalda. A esa hora mostraba el acostumbrado tráfico caótico y ruidoso por el trasiego de autobuses en pésimas condiciones, abarrotados al punto de parecer que vomitaba gente por las ventanas, en medio de un polvorín mezclado con chorros de humo negro que salía de los escapes.

Al llegar a la parada de buses trató de hacerse un lugar debajo del minúsculo techo pero no lo consiguió. Mientras pensaba en la conveniencia de tomar un taxi vio que una mujer delgada y baja estatura le hacía señales para ofrecerle la punta el banco donde estaba sentada. Se arrimó como pudo a su lado dándole las gracias a la mujer que apartando una enorme bolsa negra, le respondía el agradecimiento con una expresiva sonrisa que alegraba unos chispeantes y diminutos ojos azules. No logró descifrar su edad, el rostro mostraba un cutis terso a pesar de las incontables y finas arrugas que bordeaban sus ojos. Se miraron un instante pero de inmediato la anciana volvió sobre un pequeño cuaderno de espiral en el que registraba algunos datos que Naya no se atrevió a mirar; anotó algunas cifras, luego, con parsimonia como si encontrara en el salón de su casa, guardó el lapicero en su enorme cartera, cerró con mimo el cuaderno que llevó también a la cartera y sin venir a cuento se dirigió a Naya como si la conociera de toda la vida…
-vengo de la única fábrica de bolsas que nos queda en la ciudad; mire, he comprado 50 de 200 litros y 100 de 150; es decir que según mis cálculos, usando 2 por mes de las de 200 litros, tengo 25 semanas, es decir, un poco más de un año; de las más pequeñas sí uso un poco más porque las grandes las dejo para sacar todo lo que me deja el jardinero una vez al mes y la otra porque cuando me toca arreglar carne y verduras para el mes siempre se saca más basura; en cambio las de 150 litros son para la sacada de la basura dos o tres veces por semana, dependiendo de la hora en que pasa el camión del aseo, hay veces que pasa en la noche y termino de llenar la bolsa, pero cuando pasa en la mañana saco las que me dan en el supermercado y así me rinden más; no he sacado la cuenta de lo que me ahorré esta vez porque la inflación subió ya al 30 % imagínese, pero llegando a mi casa saco cuentas.

Naya logró cerrar la boca, le dirigió una mirada compasiva, y al mismo tiempo maravillada. Era alucinante ver la desproporción de ese menudo cuerpo que no llegaría al metro sesenta, del que emergía una energía inusitada que derrochaba mientras exponía sus estrategias tan elaboradas sobre el manejo del presupuesto casero. Inquieta, Naya miró su reloj y se dio cuenta que llevaba 40 minutos esperando…
-debe tener paciencia-le dijo la anciana tirando suavemente de la manga de la camisa azul celeste- es algodón verdad?...
-qué cosa-respondió Naya a punto de perder la cordura
-la camisa, se nota que es 100% cotton, ese es el que yo uso…cómo te llamas
-Naya, Naya Lara, mucho….
-yo me llamo Eva, bueno, en realidad me llamo Evangelina, pero es muy largo…te decía que yo aprendí a usar ropa de algodón cuando viví dos años en Estados Unidos, y ya después no puede con el poliéster…
-tardará mucho el autobús-le preguntó Naya con ansiedad, sin terminar de comprender por qué le venían imágenes de una famosa película, sólo que en este caso el personaje era mujer…
-eso es impredecible, en esta ruta hay pocas unidades y a esta hora tardan más; y por cierto, nunca te había visto en esta parada, no eres de por aquí
-pues no, pero si vengo una vez por semana a visitar a un amigo pero nunca me había venido sin mi carro y…
-yo tengo 40 años tomando autobuses-interrumpió de nuevo en medio de una carcajada estridente mientras afincaba una de sus manos a la manga de su camisa, mientras que con la otra apretaba su enorme bolso contra el pecho-
-se conoce todas las rutas entonces, respondió Naya más por cansancio que por interés en conocer la respuesta
-todas y los cambios que hacen, aquí tengo algunos trasbordos que he cruzado para los sitios que me interesan, y no sólo eso, ya tengo un plano que yo misma hice con algunos trasbordos que hacen falta, de hecho, en varias ocasiones se los he sugerido a los choferes para que los planteen en sus reuniones pero no muestran interés, son muy apáticos, lo que les interesa es hacer el trabajo como autómatas sin ninguna motivación por mejorar el servicio…bueno, con decirte que hasta reuní un dinerito de los sobrantes que me iban quedando del presupuesto mensual y mandé a encuadernar un folleto con la información; se las he dejado a los choferes y no sólo no las entregan a sus jefes sino que las desprenden y las utilizan para agarrar las empanadas que compran por la ventana del autobús, qué te perece?, no se puede pedir peras al olmo. Un día de estos voy a llevar mi plan directo a la alcaldía, pero ya será cando termine el semestre de clases, ahora estoy full corrigiendo trabajos y trabajos de un montón de equipos, sabes, cuando nos sentemos en el autobús te puedo dar algunos de los que tengo aquí en mi….ajá, mira allá viene, vamos a prepararnos para cruzar esa barrera humana…
-pero yo no voy a empujar, me da terror
-no te preocupes, ya tengo un postgrado en esto, y a mi edad todos me dan paso, vente conmigo- y sin esperar respuesta le dio un fuerte tirón a la ya arrugada manga de la camisa

A estas alturas Naya estaba entregada, se dejó llevar por la anciana que con una destreza asombrosa alcanzó dos puestos en medio del jaleo que formaban pasajeros ansiosos y desesperados. No terminaba de asimilar al personaje con el que se había topado. De dónde había salido, cómo es que le quedan fuerzas no sólo para atravesar la ciudad y ahorrarse unas monedas, sino para planificar estrategias de organización ciudadana, en una ciudad cada vez más caótica y cuyo esplendor y ambiente cultural promovido por una prestigiosa academia universitaria desideologizada, hacía rato que era historia; qué movía a ese ser ataviado con ropas estrafalarias, tres tallas más de la que correspondía, a llamar la atención de funcionarios y ciudadanos que ya no eran tales, sino simples supervivientes anónimos de un estado que los consumía día tras día.

La anciana le tomó el codo y susurró mirando al chofer: espera para que veas cómo hago para que le baje volumen a la radio; acto seguido se levantó dando tumbos y llegó hasta el chofer, le puso la mano en el hombro y simuló hablarle cuando sólo gesticulaba frases insonoras, el hombre le decía que no escuchaba, que repitiera y ella feliz repetía en silencio pero abriendo bien sus labios, de nuevo le decía que no escuchaba hasta que en el tercer intento tuvo que bajar el volumen mientras ella se alejaba muerta de risa, no sin antes dejarlo al cuidado del enorme paquete de bolsas que había comprado. Cuando volvió a su asiento su expresión ya no era la misma, de pronto se quedó mirando al frente como si el resto del mundo hubiese desaparecido. Inquieta, Naya la observó absorta en el cristal de la ventana izquierda con la mirada perdida, impertérrita, sin mirar a ningún lado o quizás mirando hacia adentro de si misma. Conmovida, estuvo a punto de preguntarle si se sentía bien, pero la anciana no estaba allí, había entrado en un trance momentáneo del cual regresó abruptamente; a punto de bajar en su parada, le indicó en absoluto silencio, señalando con su índice arrugado y artrítico, dónde debía hacerlo ella y le dejó la guía que había prometido y sus números de teléfono, escritos con una expresiva caligrafía que hacía evidente el oficio que realizaba.

Cuando Naya bajó del autobús, por un momento no supo dónde se encontraba. Caminó como llevada por un cicerón invisible que le mostraba fachadas y vitrinas de restaurantes, iglesias, librerías, ante las cuales se detenía unos instantes sin decidirse por ninguna. No lograba descifrar su repentino cambio de ánimo, pero tenía la absoluta seguridad que se debía al extraño episodio que había experimentado minutos antes. Sólo en ese momento tuvo conciencia que estaba en el lado norte del casco central y podía llegar andando a la casa de Silvia Moreli, italiana de nacimiento, catalana nacionalizada y que llegó al trópico tras los pasos de un joven caribeño que la enloqueció con la mirada.

Consultó su reloj, 12.55. Tenía dos horas por delante y ya sabía que en ese momento no sería bienvenida en el bunker de su amiga, de manera que se dejó llevar y sin pensarlo mucho entró en lo que parecía una tasca por el olor a ajo y aceite de oliva que emanaba. A esa hora había pocas personas, se notaba que era más concurrido por las noches, el ambiente, poco iluminado, estaba cargado de olores penetrantes; en el ángulo derecho de la entrada principal, un escenario levantado sobre un soporte forrado en fieltro rojo y negro, un micrófono desvencijado y dos cornetas tan grandes como arruinadas. En el lado izquierdo, una pareja se hacía mimos y arrumacos sentados en una mesa ubicada en cerca del bar; el hombre, vestido con chaqueta de cuero negra, camisa roja a cuadros y ajustados pantalones de jean negro, le llevaba no menos de 20 años a una jovencita flacuchenta, muy maquillada que vestía a la moda, bluejean con flecos en el ruedo y huecos en lugares estratégicos que no podían pasar desapercibidos, se retorcía de placer escuchando lo que su pareja le susurraba al oído mientras le daba profundas chupadas al cigarrillo y tomaba pequeños sorbos de cerveza directamente de la botella.

Naya escogió una mesa que estaba en la esquina frente a la pareja. Inmediatamente se acercó el mesonero que ya traía en la mano un cenicero, y en la otra una jarra de acero inoxidable con agua muy fría y un vaso mal lavado. Lo puso enfrente y mostrando una sonrisa socarrona le preguntó qué le apetecía para beber. No pudo evitar cierta repulsión por la actitud del mesonero, aunque ya le era familiar, es común en su país que los hombres miren burlonamente a la mujer que se sienta sola en el bar, pues la perciben por una solitaria y amargada solterona o por buscona. Naya le devolvió una mirada una de acero y le dijo que le llevara una cerveza bien fría, y el impertinente hombrecito le aclaró: cómo culito de foca mi reina?

Mientras esperaba pensó en sacar un libro de los que siempre lleva consigo pero de momento prefirió observar el particular lugar en el que se encontraba. Sentado en el bar, un hombre de barriga prominente miraba concentrado la tv, mientras hurgaba denodadamente en sus orificios nasales. La pantalla reflejaba a un hombre de cara abultada ataviado de rojo y verde militar que gesticulaba y hablaba airadamente. No puso atención a lo que decía, no había necesidad, el rey sol y padre de la patria ponía toda su energía en lanzar latigazos a diestra y siniestra, no importa contra quien, el propósito es el de siempre, dejar la sensación de lo débiles que somos frente a él, el ritual para perpetuar el miedo. Trató de concentrarse en su próxima visita. Desde hacía unas dos semanas veía muy extraña a Silvia, eso le preocupaba, su gran amiga era un de esas personas que ponen todo blanco o negro, con la emotividad a flor de piel, y eso es riesgoso. Era un de esas personas que perpetúan su memoria en símbolos preexistentes, edificios morales, sin darse cuenta de que construyen sus propias barreras, sobre todo porque una vez que se abrazan hay que defender su permanencia, no pueden desconocerse, ni irrespetarse, ni esconderse; todo lo contrario, al final no se puede vivir con ese peso encima y para sobrellevarlo hay que sumar adictos para reforzar la búsqueda del reconocimiento mutuo, ese que sólo tiene sentido cuando es compartido. Por otro lado, tenía que reconocer que su amiga era poseedora de una mente brillante, amplia, con lo cual no había temas tabú, al menos en la conversación, pero al mismo tiempo eternizan un imaginario simbólico empeñado en hacer trascender lo cotidiano. Es de esas personas que se esmeran en manipular el olvido añadiendo presente, lo que impide indagar acerca de nuestro comportamiento errático, y convierte el error y la equivocación en leyenda, en cuestión de honor, en una eterna justificación.

En una ocasión, con un merlot por delante, Naya se atrevió a expresarle que ese merodear sobre sí misma le parecía demencial, una cierta perversidad teñida de inocuidad, cuyos efectos son impredecibles; pero esta, vez Silvia se alteró, se sintió del lado interior del panóptico. Como el escritor que deja al descubierto el impulso de salvar su memoria apelando a la amnesia de los demás, o el alcohólico que ve en la sobriedad del otro un acto de petulancia, de superioridad, sin advertir lo infantil del gesto, porque no puede seguir hasta el final o enfrentar sus miedos.

No terminó la cerveza, pagó la escandalosa cuenta y fue al baño. No pudo usarlo, salió del bar con el estómago revuelto.

-oye Naya, pasé la mañana chateando con mi hijo, hablamos de todo un poco y de repente me acordé de mis días de madre coraje; sí, no me mires así, madre coraje, pero los hijos nunca ven las intenciones con que hacemos las cosas, imagínate, me exigió que nunca más le recordara el episodio aquel…
-cuál episodio
-cuando siendo adolescente, un buen día le bajé el pantalón para enseñarle a ponerse un condón; sabía que andaba entusiasmado con una amiguita y quería prevenirlo. Ahora que lo pienso, fue muy loco eso pero en aquel momento me sentí madraza…

Esa tarde Silvia se mostraba delirante cuando Naya tocó el timbre del pesado portón. La recibió enfundada en un kimono violeta que resaltaba sus formas, atrayentes y seductoras a pesar -diría mi madre- de sus largos 60 años, enriquecidos de experiencias amorosas que más de una vez la dejaron al borde de la ruina y la locura. Su actual proyecto, el de escribir sus memorias, se había convertido en una epopeya, tanto más peligroso por la pasión que ponía a cada uno de los episodios, como por la multitudinaria incorporación de temas y personajes que la convertía en una recopilación talmúdica…
-ya te lo he dicho Silvia, esa manía de querer ser ejemplo ante el mundo es desquiciante y frustrante a la vez; yo no creo que pueda ser ejemplo de nada sabes…es que ya ser humanos nos descalifica en el baremo de la perfección…
-pero mujer, vienes con las pilas recargadas; pero es cierto, me aterra recordar ciertos episodios, sobre todo los referidos a mi rol de madre, y más horroriza indagarlos en la memoria del otro, es inquietante saber qué hacemos y cómo nos ven en memorias ajenas, porque además estamos en desventaja, es decir, no controlamos cómo llegamos a ellas, cada quien hace sus propias percepciones y representaciones, sus prefiguraciones, de manera autónoma; aun así creo que hice cosas buenas…ese fue el miedo que me invadió mientras hablaba con mi hijo, menos mal que era a distancia, sin la mirada cercana que asedia e interroga más allá de las palabras…

Mientras hablaba, Naya paseaba su mirada por el encantador saloncito donde acostumbraba a recibirla. El lugar, como siempre, ofrecía un grato ambiente. La claridad de la luz a esa hora de la tarde era matizada por los cristales ahumados de un gran ventanal que daba a un profuso seto de bambúes, precedido por una cuidadísima grama china. En el interior, tapices egipcios, alfombras árabes, candelabros hindúes, esponjosos cojines, abigarrada decoración que terminaba en una extraña y coherente a la vez, propuesta de calidez y confort. Al fondo, en una mesita redonda protegida por un regio mantel croata bordado en tonos verde oliva, estaba servido el almuerzo compuesto por un menú veraniego: gazpacho de aguacate, muselina de langostinos, salmón ahumado, ensaladilla rusa, fuente de nueces, aceitunas y espárragos, y finalmente, pan de centeno. Su mirada se detuvo en el cuerpo de Silvia que en ese momento estaba de espalda recibiendo una botella de chardonay de manos de su muchacha de servicio. Le agradó e incluso sintió una leve excitación, una sugerente atracción. De pronto, y sin venir a cuento, recordó las palabra que tres horas antes le había expresado RM: han llegado muy lejos, no pueden detener el lesbianismo sugerente y alegórico que se ha desatado en la gran confraternidad del feminismo de nuevo cuño, no el liderado por aquellas mujeres gordas, masculinas y llenas de amargura y odio hacia el hombre; este es distinto, insinuante, perturbador, aunque real, muy real…ya me darás la razón; y luego su respuesta: lo que pasa RM es que somos más auténticas en el desempeño de nuestra sensibilidad, no intentamos manipularlo ni desde dentro y menos hacia afuera.

Naya volvió a concentrarse en la conversación de su amiga que ya le estaba acercando una mesita plegable con el servicio de cubierto impecable y le extendía una servilleta de lino blanco sobre las piernas. Mientras olía su Chanel 5 que escapaba de su kimono, quiso alejar esas imágenes perturbadoras que le sugerían las palabras de RM.
-Corrado sigue sin salir de su habitación?
-y que no lo haga, me fulmina con su mirada, anda en un estado de semidemencia, incapaz de sostener una cordial conversación por muy trivial que sea; es ridículo llegar a los 70 años discutiendo absolutamente todo. Hace tres días que no le hablo, desde que recordó sus días de cocinero, y me permití seguirle la corriente pero sin darle la razón, pues explotó y se metió en su habitación hasta hoy
-bueno amiga, apartando la agresividad, yo creo que ese es el estado ideal, sí, mira, te quita los sentimientos de culpa; eso de perder sutilmente la cordura debe ser una maravilla, porque sólo te corresponde un 50 por ciento de nuestro comportamiento errático, el otro un 50 es para el resto de las personas que se empeñan en caer en la trampa de azuzar el fuego, lo que muestra una enorme incapacidad para entender las carencias del otro, e identificar esa medio locura a la que no valdría la pena darle caña. Creo que debemos aprender a detenernos a tiempo, y sólo debes seguir el juego, cuando el interlocutor te da cancha, como en aquellas conversaciones tan cómplices y abiertas que Durrell le asigna a Justine, esa insinuante perversidad sin morbo, una amoralidad que se desliza con tanta naturalidad que…
-Ah- interrumpió Silvia- pero allí también hay una trampa eh, la de esos escritores que hablan a través de sus personajes y no es que me esté refiriendo directamente a Durrel, pero si te pones a pensar, están hablando en nombre de otros, y si aplicamos tu teoría de la casi cordura, pues pasan el límite sin tener conciencia de que ofenden o provocan un sin número de sensaciones y emociones en el otro. Te juro amiga que la perversión perfecta es la del escritor que manipula a sus lectores aunque no se lo proponga; creo que por eso escribo sobre memorias, allí tengo mi límite, mi amoralidad controlada…
-pero ese control es casi imposible Silvia, como lectores dejamos el libro cuando queremos, hacemos nuestras pausas aunque seguimos en movimiento, dándole vueltas al ritmo que el autor nos ha sugerido; pero cuando el escritor vuelve sobre su texto tiene que reconducir su propia carga emotiva para no desviar el perfil de sus personajes y la trama que se ha trazado; en cierto modo es él, quien termina manipulado por sus propios personajes. Dime, cómo tratarías el tema del condón con tu hijo. Estarías segura del tipo de imágenes que producirías en cada uno de tus lectores, aunque las hayas previsto en tu maqueta. Te faltaría espacio y energía para prever todas las posibles reacciones. En ese sentido sí estamos mejor preparados los lectores porque somos más libres, en cambio que el escritor…
-bueno, también es cuestión de la alta sensibilidad que tienen ciertos temas aun en los nuevos tiempos: o seguimos entrampados en una doble moral, o en un miedo a decir lo que realmente sentimos
-y el tema del rol de la madre es más que sensible, sobre todo cuando se hace daño con las palabras. La sola frase: le puse un condón a mí hijo adolecente, es mucho más perturbadora y provocadora que el hecho es sí, pues para ti fue acto fue heroico, moderno, valiente, mientras que para él fue mayor el ultraje cuando lo contabas a tus amigas casi lanzando cohetes, en ese empeño en dar ejemplo
-pero buen mujer, tan mal está la comida que me atacas así
-para nada, esta muselina tiene la textura perfecta y el gazpacho memorable, no se ha oxidado y el punto de limón perfecto; pero dime algo, ya tu hijo está en los cuarenta, no crees que ya pueden hablar el tema
-ay amiga, no has notado que en una conversación con los hijos lo que sobran son las palabras?
-sobran o las rebuscamos tanto que desviamos el sentido del diálogo
-pero cuál diálogo, ese no es posible si el otro lo que tiene en la garganta es el profundo ahogo que produce una memoria indigesta…lo único que queda es la falsedad y él ha acudido a ella, sin duda piensa que es preferible a decir lo que realmente siente, y sabes qué, a veces prefiero no saber nada a conocer situaciones que ya no puedo remediar.

Silvia calló. De pronto se entristecieron sus hermosos ojos grises; dejó sobre la mesita el plato apenas probado y se recostó en el sillón, quizás se había trasladado a su Cataluña verde y hermosa y que ahora era testigo de la ansiedad que no abandonaba a su hijo. Naya no tuvo necesidad de esperar que se despidiera, entendió que ya no podría seguir y se levantó para ir al baño y dejarla descansar. Ella también lo necesitaba. Salió ya casi anocheciendo con el tiempo justo para meterse en la cama e invocar su mantra poético para hacerle frente al escuadrón de recuerdos que llegan tras la Parusía, que no viene a ser otra que alguna memoria dispuesta a posarse sin pedir permiso e inaugurar una nueva vida.

Exilio emocional y otros relatos 5


5.- Desplazamientos


No lo podía evitar. Salir a la calle era una tortura. Eran tiempos violentos, turbulentos e inestables, al menos así lo sentía Naya en los últimos 14 años cuando ya fueron más que evidentes los efectos del nuevo signo político, que los debilitaba como ciudadanos y colocaba en situación de impotencia y fragilidad en el más cotidiano día a día. El malestar recorría las calles como Wotan desatado y resucitado.

La decisión de tomar el autobús o llevar su automóvil, imponía pensarlo muy bien. Nunca se acostumbró a las particularidades del transporte público de su ciudad. Jamás lo podía abordar si lo esperaba en las paradas señaladas. Ni el chofer ni los usuarios parecían dispuestos a respetarlas, todo lo contario, era necesario bracear entre el grupo para acceder por la minúscula puerta del autobús y una vez adentro agarrarse hasta del cuello del ocupante vecino para no caer arrastrada en medio del arranque violento y apresurado del chofer. Luego, la indecisión entre tocar el timbre de la parada o elevar la voz para bajar, era un albur, nunca acertaba; si tocaba el timbre el chofer hacía caso omiso y el resto de los pasajeros le advertían: “este señor prefiere que le anuncie la parada”, o al contrario, muchas veces gritó “parada” y el conductor como si nada; éste se decantaba por el timbre. Mayor confusión le suponía el momento de pagar. Letreros grandes al frente anunciaban “pague al subir”, pero en las puestas laterales indican claramente “pague al bajar”. De manera que todo el trayecto lo hacía observando el proceder de sus compañeros de ruta, para imitarlos, pero no la ayudaban mucho, los veía ahí, sentados o parados con las miradas perdidas, petrificados, ensimismados, rostros inexpresivos que no dejaban oportunidad de percibir lo que podría estar moviéndose en sus cabezas. Y una vez más se preguntaba si en verdad tendrían la mente en blanco, entregados al irritante sonsonete de la radio, impasibles ante el absurdo y la sordidez que les rodeaba. Solo quedaba imaginar que esa debía ser la expresión cuando se piensa desde el dolor, desde la impotencia y como consecuencia lógica, desde la frustración y el sinsentido.

Si llevaba su automóvil, de todas formas tenía que respirar profundo antes de salir a la avenida. Aunque tenía la posibilidad de escuchar su música preferida, debía llenarse de paciencia para soportar el tráfico caótico e incomprensible, no solo por las largas y frecuentes trancas, la mayoría de las veces provocadas por el extraño desempeño de los fiscales de transito y las paradas abruptas y arbitrarias de los choferes de colectivos, sino porque a pesar de tantos años conduciendo en su ciudad, no lograba descifrar los códigos compartidos ni de los peatones, ni de los demás conductores, y menos de los vigilantes de tránsito. Estaba convencida de que los peatones andaban en su propia burbuja y que además no asumían ninguna responsabilidad como tales, eso le correspondía “sólo al conductor”; de manera que tenía que estar alerta mirando en todas direcciones aun con la luz verde.

El rayado peatonal jamás lo utilizan. La luz roja deja acceso al circo ambulante de malabaristas, payasos y a la venta de mercancía tan inverosímil como inútil, desde “quemaditos” de reguetón y chistes “rojos”, gigantografìas del Presidente, pasando por frutas, peluches parlantes y, oh sorpresa, papel higiénico.
-me rindo- le comentó a Coca en una oportunidad
-no sé leer mi ciudad, no consigo asimilar los código de la gente; yo veo que los demás lo hacen, se entienden con el fiscal que sustituye los cambios del semáforo. Eso nunca lo he entendido, por qué, por qué, me pregunto inútilmente; qué sentido tiene contratar personal para que haga el trabajo que siempre ha realizado eficientemente el semáforo. Y lo peor viene después: dan prioridad al canal que les parezca, dejan en espera hasta 10 minutos al resto y si se atreven a sonar cornetas en señal de protesta los castigan con 5 minutos más, y por si fuera poco, se apostan hasta tres fiscales que te hacen señales desesperadas para que aceleres, que le des rápido y cuando ya estas por pasar te mandan a parar abruptamente y ahí me viene mi angustia, qué hago, le doy a 80 y paso con la adrenalina revuelta o bajo la velocidad, aunque el fiscal se encrespe levantando los brazos y haciendo sonar el silbato endemoniadamente para que me apure…ya he tenido tres frenazos en esta semana, ya no puedo más, por mucha concentración que le ponga a mi respiración y aunque alcance la meditación, ese paso de semáforo me desarma y debilita. Y qué decir del enjambre de motorizados que han invadido las calles, convertidos en una nueva y aterradora tortura, aparecen de la nada, zigzagueantes, díscolos, impunemente acorralan al peatón, sembrando el terror; qué necesidad tengo yo de someterme a este estrés a la siete de la mañana eh!-

Se contuvo, la mirada escrutadora que le devolvía Coca mientras hablaba ya le indicaba lo que estaba pensando, que era una exagerada, inconforme y adicta a la queja. Pero Este día no iba a ser una excepción, llegaría puntual a su cita con la sensación de regresar de un campo de batalla, lo cual no daba buen pronóstico por el carácter atrabiliario del cliente que la esperaba.

Exilio emocional y otros relatos 4


4.- Palimpsestos

Toques de chocolate, café y especias, completan las notas de ciruela y mora…de textura plena en boca; maduro, bien estructurado de taninos dulces y redondos… No pudo continuar, su pensamiento lo distrajo de su tarea. A quien engaño?, -pensó-no puedo trasladar mi pensamiento al papel, se ve que la escritura, más que concentración, requiere energía… Jordi no lo sabe, pero me descompone, me desarma y debilita su pasión vicaria por la vida. Cómo abordarlo desde el desenfado, desde la placidez que aporta el ocio…cómo hacerlo renacer, olvidar. A veces me dejo llevar y entro en un estado de semidemencia, como una borrachera suave que me arrima a una especie de perversidad más bien desopilante, irónica y evado sin culpas el compromiso. Creo que en las relaciones humanas debemos compartir las culpas, dejar aflorar la responsabilidad del otro, hablar sin temer a las consecuencias; si miento, el interlocutor debe ser libre de tolerar la mentira, que haga su parte y trate de buscar dónde está la verdad. Expresar mis ideas libremente, como las que se atreve a lanzar Justine a Darley tejiendo entre ambos el diálogo perfecto, como le pasaba a Darley, a quién no le escandaliza el contenido amoral y sentencioso del pensamiento de Justine, el confort de no sentir el impulso de reaccionar críticamente y muchos menos el de enfrentar y emplazar.

Sebas miró alrededor. Una luz de reflejos turquesa se filtró por la persiana del estudio. Tanto él como Jordi habían diseñado con esmero la decoración del salón al que no quesieron imprimir estilo marcadamente masculino o femenino, ambos amaban la sobriedad sin pesadez, los colores vivos aunque no festivos. El resultado fue un ambiente acogedor, sin estridencias, que invitaba a la conversación amena y fluida. En el centro dos sillones ingleses color granate colocados sobre una gran alfombra persa con tonos azules y ocres, cada uno con mesas de apoyo suficientes para soportar un libro, un quinqué en tonos azules, blancos y verdes, portavasos de madera y corcho y un cenicero. Ambas sillones daban a un enorme ventanal coronado por una cenefa a juego con el tapizado de los sillones, que dejaba ver una explanada cubierta de grama japonesa y más al fondo el viu. En una de las paredes laterales dos pinturas en gran formato de Klee y Klein y en la otra, una biblioteca de nogal de la que desprendía una mesa para computadora y daba carácter al salón…pero lo que más comodidad tenía el salón era su independencia del resto de la casa. Esa noche antes de subir a la habitación entró al estudio a preparar las últimas notas que quería dejar lista para la revista dominical para la que trabaja. No quería marcharse sin hablar con Jordi, no es de los que dejan conversaciones pendientes, le gusta cerrar los ciclos pero tenía que esperar, no solo por su inminente viaje sino porque sabía que Jordi no hablaría con él teniendo las imágenes de la discusión tan recientes.

Jordi había regresado casi al anochecer, encendió la tv del salón, en el que aún se percibía el aroma del perfume de Sebas, y buscó un canal de relajación. Había aprendido que nada ayuda más a una relación que volver a la serenidad para retomar los temas inconclusos, sobre todo cuando ni uno mismo sabe realmente qué lo ha provocado. Por lo demás, Sebas tenía una reunión de trabajo con colegas en bodegas de Mendoza, seria un largo viaje de tres semanas y por lo tanto aquella cena iba a ser su despedida, eso lo escosaba todavía más. En el fondo a pesar del gran vacío que dejaba su ausencia, agradeció la soledad que ahora reinaba en su casa.
Lo pensó mejor y subió a la habitación, Sebas había dejado la puerta a medio cerrar y tenue luz salía del quinqué de su mesa de noche; dormía de medio lado hacia el lugar que ocupa Jordi; por eso supo que lo esperaba, se acostó vestido y acarició su pelo hundiendo sus dedos y masajeando con suavidad su cuero cabelludo. Acercó su boca al oído de Sebas y cuando se disponía a pedirle una vez más que lo perdonara, Sebas le tomó su mano en las suyas cubriéndose el rostro con ella, no digas nada cariño, no digas nada, sea lo que sea que brota de tu memoria déjalo salir, cada imagen que te llegue será más débil que la anterior y así no tendrás que llegar al fondo, saldrán solas a la superficie y ya no serán sino trazos borrosos, incoherencias salvadoras.

Exilio emocional y otros relatos 3


3.- Naya y Coca

-Y hoy de qué vas?, de psicóloga, cocinera o etnógrafa?
Ya no sabía cómo responder al inveterado sarcasmo de su compañera. Dudó entre responder a la pregunta y fortalecer su actitud provocadora y socarrona, o darle la espalda y hacer que no la escuchaba. Pero sabía que sería un error ignorarla pues no lograría otra cosa que estimular sus arrebatos mímicos de ironía.

Naya Lara se plantó frente a esa figura arrellanada en la mullida butaca, mientras se colgaba el morral a la espalda. Le dirigió una mirada afilada como si quisiera penetrar sus pensamientos, si es que pueden considerarse como tales, o más bien atravesar esos ojos redondos y azules que llenaban su cara, empequeñeciéndola. Observó sus estiramientos corporales, el brillo de su piel, la flexibilidad con la que escurre en el fondo de la butaca que guardaba un eterno olor a salmón ahumado.
-Está bien, está bien, no me respondas si no quieres, ya lo harás cuando regreses, aunque no quieras hablar, con mirar tu expresión y ver él ánimo con el que traigas de vuelta, sabré a dónde fuiste y con quien hablaste….ve, apresúrate, no adelantes tu mal día, no desperdicies tu poca paciencia conmigo…respira, respira profundo, recuerda tus olores del pasado, retenlos en tu memoria, sabes mejor que yo, que esa memoria olfativa es lo único que te conecta con tu extra mundo y te ayuda a sobrellevar tu vida presente. REMEMORAR tus olores ha sido tu mejor estrategia para seguir viviendo, cambiaste los miedos por el aborrecimiento. Sí, no me mires así, sé que mientras más aborreces, mayores recursos tienes para seguir viviendo, te ayuda a no dejar el poco sentido que tiene tu vida en estos momentos…

Naya sólo miraba y pensaba…-por qué la dejo que se exprese así, con tanta audacia, con tanto aplomo y temeridad?, pero bueno!!!, y a esta criatura quién le dio concedió tal empoderamiento…y…

-sí, aborrecimiento, esa es tu energía, te mantiene viva y libre de culpas, por fin te has librado de ellas, claro, está muy claro, aborrecer no es odiar, ni despreciar, ni desestimar; cuestión ésta que también aborreces. Es un indulgente y compasivo aborrecimiento porque no lo diriges a una persona en particular, no traicionas, te permite mantener tu lealtad a los pocos amigos que te quedan…a ver, mira nada más, a quién podrías hacerle daño aborreciendo la comodidad (fíjate que ni yo me doy por aludida que no me muevo de esta poltrona), la obesidad, la mediocridad, la carne frita y todas las fritangas y la gente anónima que las consume, los ismos en general (consumismo, machismo, feminismo, comunismo, espiritualismo, fundamentalismo, fanatismo…), el deporte y la mentalidad ejemplarizante y “pura” que promueve; aborreces la música pública e impuesta (pues para ti, la música es un acto íntimo y muy personal), sobre todo la de moda y la gente que la compra y la escucha en la calle. Aborreces casi todas las modas, pero sobre todo aborreces la exposición, el hacer partícipe al público de las extravagancias, el mal gusto y la uniformidad que te excluye de un mundo, al que por cierto no quieres pertenecer, pero que irrita que te excluyan de manera unilateral sin darte tiempo de declarar tu deseo de exclusión. Excluida por “rara”, por “mojigata”, por “ignorante”!!!, imagínate, ignorante tú, porque no sabes cómo se llaman esos reguetoneros imposibles de identificar pues son todos iguales, gorditos, calvos y con grandes cadenas y con el rostro cubierto por enormes lentes brillantes. Si, aborreces ese imperativo de la interacción social de la era “made in china”: las uñas acrílicas, el pelo secado con plancha, hablar y vivir solo para el celular, mostrar tetas, las tengas como las tengas, no importa; sí, aborreces seguir las modas, la uniformidad, la lentitud!!!, Dios mío, te revienta la lentitud, las mentes cerradas, los temas tabú, la falta de inteligencia y de sentido práctico, los monólogos y el “yoismo”, y en este punto sí que te has visto obligada personalizar tus aversiones, pero en el fondo no odias a nadie, sólo aborreces tener que aborrecer…uhhhh, me cansé…

-ya, ya, también me cansé, con los años he perdido la paciencia, mi aún querida Coca, se te olvidó incluir en tu lista que aborrezco escuchar sentencias…y sobre todo esas que me llegan como ecos del pensamiento, que llegan bajito pero contundentes, bueno ahora si me voy…y ya no sé a dónde ir, lo decido en el camino.

Al fin Coca se dio por satisfecha, se estiró y desenrolló a su antojo, saltó de la butaca al mesón donde estaba el tazón con el atún que su ama le dejaba todos los días preparado y se dedicó a vigilar el ventanal cerrado no pudiendo evitar el disgusto que le producía la desconfianza de su dueña que después de siete años creía que de verdad pudiera saltar por el borde de la pared del balcón.

Exilio emocional y otros relatos 2


2.- Evangelina Tapia


Como todos los 10 de cada mes llegó presurosa a la taquilla de la oficina de pagos a retirar su salario de Maestra Graduada de la Escuela Primaria Nuevo Siglo. Nunca mejor dicho, no hacía ni 30 años que se estrenaba el siglo XX, cuando en medio la de precariedad más absoluta, obtuvo un título de Normalista que sólo su voluntad de hierro y su carácter independiente, fueron capaces de lograr. Niña-mujer, soltera, recién salida de la ruralidad con toda la carga simbólica de quien arrastra vidas anteriores, se impuso como sacrificio de vida y compromiso moral, el ingente esfuerzo de sacar adelante una cuadro familiar compuesto mayoritariamente de mujeres y recompuesto después por mudanzas demenciales y metamorfosis forzadas que cambiaban razón por fe, esa que la llevó a abrazar ideologías y religiones salvadoras por antiecuménicas; y como si fuera poco, venir de perderlo todo: cañaverales y trapiches, cafetales, derechos de aguas y acequias, la casa grande con fuente en el patio adornada de querubines, y algo mucho más turbador e inquietante que hizo tanto a ella como a sus hermanas, más vulnerables al mundo que estaban por conocer: la pérdida de la paternidad idealizada y convertida en una presencia anulada, en convidado de piedra ocupante del rincón más retirado de la casa familiar, una vez extinguido su prestigio y autoridad en las aguas turbulentas y profundas del juego y el alcohol.

Resultado de esa presencia ignorada e incómoda, cada una de esas mujeres tejió su propia defensa, imbuidas en un mundo paralelo que las trasladaba a la iconografía social de la doblez, el disimulo, luz en la calle oscuridad en la casa, el recordatorio punzante de que sólo el odio puede mantener viva las ganas de seguir adelante. El odio purificador, que tiene la virtud de ser intermitente; sí, las mujeres odian a ratos y aman siempre… o más que eso, los odios permanentes no son hacia las personas, sino a las cosas, bichos o acciones, odio a las cucarachas, odio a las frituras, odio a la lluvia que provoca friz, al pelo grasoso, a la pichirres masculina…y si aman, lo hacen para siempre o al menos sin intermitencias, como se ama a la música, a la naturaleza, las mañanas, a los perros y hasta a la pareja.

Para Evengelina como para la mayoría de las señoritas de su época, eran tiempos de incertidumbre hacia adentro y posibilidades de realización hacia afuera. Por eso quiso ser maestra, aunque su verdadera vocación estaba en la psicología y en la orientación vocacional. Quién sabe si en el fondo se buscaba a si misma en la observación del otro. No en balde llevaba un riguroso registro de sus casos de consulta gratuita que impartía como colaboradora de la Escuela de Psicología. Ponía su empeño en entrelazar y establecer relaciones y correspondencias, cuestión nada difícil por tener la materia prima al alcance de la mano, en su pequeña y pueblerina escuela, llena de niños desatendidos y jóvenes manipulados, y en su iglesia, donde no faltaban adultos inseguros e inestables y ancianos atemorizados del poder de Dios.

Sentada en el borde de la diminuta cama, en la soledad de la pensión que rentaba, extendió los 400 pesos sobre el delgado colchón y procedió a separar los billetes desde la más baja denominación hacia arriba. 150 para la pensión y las tres comidas, (cada vez más aburridas, desbridas y con ese penetrante sabor a leche hervida), 50 para los gastos de lavandería y aseo personal, 50 para la mensualidad de la dueña de la quincalla donde sacaba a plazos los cortes de gabardina para los uniformes escolares de sus hermanas, el tafetán para los forros de los vestidos, el tul para los armadores, las medias, franelillas y toallines por docenas para las que estaban ya cercanas al desarrollo, las polveras olorosas jazmines y cremas humectantes para las más creciditas; 50 para los pasajes semanales a la capital, 10 para la suscripción de Selecciones Reader Digets, 40 para diezmos de la iglesia y 50 para ayudar al mercado de víveres, el famoso seco, de la casa familiar.

Separados los paqueticos, los marcaba con un clip y una nota identificando el uso de cada uno. Esa tarea era para ella un momento de inmensa satisfacción, se sentía crecida, importante, salvadora. Con sumo cuidado y concentración, los ordenaba en la primera gaveta de la mesa de noche, que cerraba con llave, dándose por satisfecha de la labor cumplida.

Para Evangelina Tapia la vida cotidiana era una misión, cada noche daba un cierre a su día como quien llena un cuaderno de cuentas, de ingresos y egresos, de objetivos y logros, de avances y propuestas. Esa noche no sería una excepción. Fue hacia el fondo de la pequeña habitación y agarró el maletín de clases que estaba sobre la desvencijada mecedora de mimbre, y extrajo un fajo de pruebas de gramática que había aplicado a sus alumnos en la mañana. Leyó las respuestas con atención, mientras colocaba acentos, sustituía preposiciones, eliminaba conjunciones. Leídas las respuestas redactaba con solemnidad un comentario escrito con una esmerada caligrafía “debe cuidar signos de puntuación, concordancias entre género y número, así como los márgenes y sangrías…”, y como anexos, dividía en columnas la última página de la hoja tamaño oficio y que cada uno de sus alumnos que dejaba en blanco obligante tarea, para separar sílabas, diptongos, triptongos, esdrújulas, graves y llanas, a modo de memorias gramaticales que cada quien iría registrando sin demora porque sabían que en cualquier momento les haría la prueba sorpresa. Luego procedía a preparar la programación de actividades del día siguiente, hilvanando objetivos, actividades, procedimientos, estrategias y herramientas, convencida de que cumplía con una labor noble e imperecedera.


Pero aun cuando la tarea resultara extenuante, no podía evitar el advenimiento de la oquedad; al final quedaba con la mirad fija en el techo de la minúscula habitación…y sin proponérselo, se veía a si misma en esa imagen suya recostada en el espaldar de la cama, con las piernas doblada y abrazadas a la altura del pecho. Esa mirada posada sobre si misma no podía causarle mayor desazón y desesperanza, era la constatación del vacío inmemorial, la inmensidad profunda y persistente, amenazante y amenazada por una suerte de ángeles perversos que restituían las huellas y señales que ella trataba inútilmente de borrarlas para siempre. Rastros y memorias de aromas de boscaje que asomaban tercamente en la superficie de su alma, llenando palimpsestos que se reescribían si venir a cuento. Volvía aquel nombre de hombre tantas veces borrado y confinado al anonimato….asomaban borrosas marcas indefinidas pero punzantes…y, la misma pregunta que convertida en confesión evitaba toda respuesta esperanzadora…cómo llegué hasta aquí!!!. Esta vez el eco de su infancia libre entre pastizales y meandros no llegó a su auxilio, esta vez solo vio la nada, tan inmensa como brillante.

Exilio emocional y otros relatos 1



Yo no existía, yo era otro, hoy volví a ser de pronto el que era
o el que soñaba ser. Pessoa

Yo: una ficción de la que a lo sumo somos coautores. Imre Kértesz

Yo es otro. Rimbaud



1.- Jordi y Sebas

Esa mañana había salido como todos los días a revisar la estafeta ubicada en la acera frente al chalet que compartía con su pareja, le animaba la esperanza renovada que alivia al obsedido, de encontrar al fin el ansiado cuadernillo marrón. No estaba. Un día más de espera y disimulo. Ya se había acostumbrado a reinventarse mostrando su mejor ánimo aun a costa de ensanchar su oscuridad interior. No le quedó más remedio que regresar a casa donde lo esperaba su pareja ocupada en preparar la cena de despedida en víspera de su viaje de trabajo.
-Y tú qué piensas, tienen posibilidades los feos de alcanzar el amor?
La pregunta sorprendió a Sebas, aunque no la voz impostada, conocía muy bien a su pareja y sabía de su debilidad por las conversaciones puntuales y argumentadas, y viendo la expresión expectante y emocionada de su cara redonda y blanca, perfectamente afeitada y humectada, rezumando optimismo, imaginó el arsenal de datos escondidos detrás ese comentario aparentemente lanzado de manera espontánea, pero igual fingió interés y acto seguido de arrellanó en la butaca…
-pues mira que buena pregunta, sabes que en muchas ocasiones me lo he preguntado. Es más, he estado debatiéndome entre darle una explicación científica, histórica…, literaria o todas a la vez –ironizó Sebas-
Yordi se lo quedó mirando. Sabía que no había reluctancia en ese comentario, solo una fina ironía para darle teatralidad a sus conversaciones, entre otras razones, porque era una manera suya de complacerlo a él. No pudo evitar una media sonrisa mientras se deleitaba observando el bello rostro de Sebas, sí, era bello, perfecto, armónico, nada sobraba ni faltaba. Haciendo juego entre sus facciones, las pobladas y delineadas cejas encajan en sus ojos expresivos de mirada brillante y sedosa como la miel que se escurre y cambia de matices en la caída; una nariz perfecta que anuncia unos labios definidos, húmedos, en permanente y fresca sonrisa, acentuada por unos hoyuelos que con gracia asoman en los pómulos largos y salientes, irradiando sensualidad y frescura…sí, amaba esa cara y esa mirada. Aunque se vio descubierto por su amigo, quien percibió claramente la puesta en escena, siguió con su juego sin inmutarse, al fin y al cabo, era dedicado a él.
- hasta esos extremos has llegado, pues hombre eso dice mucho del particular manejo y ejercicio de tu sexualidad…-le retó-
- pero a dónde vas ahora, no puedes terminar un pensamiento o intercambiar una idea sin levantarte a enderezar cuadros y alisar cortinas?
-pero bueno, cálmate mi rey, sabes que el desorden me incomoda, me desubica; y tú deberías ser el primero en saberlo y entenderlo, al fin y al cabo soy arquitecto, en tu caso como enólogo deberías preocuparte por tener, al menos, un inmejorable aroma en el hogar…
-bueno al grano…Jordi querido
-vale. Tengo que reconocer que ya sabes hacia dónde apuntan mis tiros, da igual. Desde mi ínfimo y rastrero punto de vista científico, la belleza remueve las fibras más sensibles…claro se entiende que estamos hablando de la belleza como armonía, como proporción, su definición más profunda y natural. Y no sólo hablo de rasgos físicos, viene acompañada de sensualidad, de gestos suaves y miradas profundas, de sonrisas dulces y gestos amables…
-ajá y cómo se relaciona eso con la ciencia?
-sencillo una vez que lo sabes. Las feromonas, esa efervescencia neuroendocrina provocada por la atracción, el placer visual. Sesudos estudios neurocientíficos han determinado que eso que llamamos enamoramiento, no es más que esa efervescencia que impregna la piel de aromas, una secreción de sustancias que llevan a la excitación….
-qué raro que te apoyes en olores y aromas, que lo diga yo en todo caso, no soy nadie sin mi nariz…
-nada y nadie; pero no me distraigas por favor Sebas querido, no me abras tantas ventanas cariño que ya tengo mis años, por favor…
-vale, vale…
-bien, pues te decía, esa exploración que lleva al apareamiento, desde el más sublime hasta el más hortero, se realiza a través del olfato, único sentido humano y no humano, que puede detectar sustancias volátiles generadas por las glándulas apocrinas, las células del sudor, ese que se localiza en axilas y genitales, y de allí se genera la atracción…
-me estás diciendo Jordi que todo ese encanto, todo ese culto al romanticismo, a la inspiración poética, el contexto de la seducción que involucra a las personas de casi todas las edades y que ha generado la gran industria del amor y sus aditamentos, se reduce a unos indeseables e incómodos sudores? no, no, viejo, dame por lo menos unas estadísticas médicas que me ofrezcan coordenadas creíbles y que me relacione belleza con atracción…
-pero bueno, déjame terminar, no puedes dejar de relacionar todas y cada una de las acciones humanas con las estadísticas?, déjale algo a la imaginación, a la sensualidad, anda, divaga un poco…
-ah, ahora soy yo el rígido y el vertical, no, no, tú sabes que aquí, el ocioso soy yo y…
-ajá, allí quería llegar, ciertamente eres el señor del ocio, pero qué sacas de él…
-pero válgame Dios, por qué siempre hay que sacar algo!!!; los psiquiatras deberían investigar sobre un posible síndrome de la productividad compulsiva, de eso que llaman patrimonio, el legado para el futuro; y el presente eh, qué hay con eso?, la única oportunidad de ser feliz es la que te planteas aquí y ahora, es lo que tenemos y sólo por instantes, mientras se va convirtiendo en pasado, el futuro ya no será tuyo, sino de los depositarios de ese legado, y en cuanto a nuestros futuro concreto, ese sí que dependerá de lo que lo memoria haya seleccionado y guardado, el recuerdo del pasado, esa pulsión que nos protege de la intemperie a la que nos condena el presente que dejamos vaciar por completo….pero cómo llegué aquí, cómo me dejé llevar???
-por qué te pones así, no me exijas ni te exijas tanto corazón, todo lo que te he dicho lo saqué de google, qué más da, al fin y al cabo sólo trataba de establecer argumentos que nos refieran a otras dimensión del tema…y quien sabe…
-ajá, como siempre el mismo Jordi, queriendo llegar a un punto harto sensible y espinoso, y cuando lo ves cerca esperas que venga del otro. No soy yo el que no abre su mente, al contrario, soy muy abierto pero no me adhiero a ese discurso onanista y egoísta que entre saltos y sobresaltos deja interrumpido el verdadero interés del diálogo, eso sí es abrir la mente, buena falta que te hace buen hombre….ahora a dónde vas, regresa aquí que estoy a punto de….
Sebas no puedo terminar la frase, Jordi lo miró como quien escucha una explicación de un proctólogo y salió del salón. Con gesto de conformidad, llevó la bandeja con los dos t-bone a la nevera, alcanzó su copa y se sentó en el pequeño jardín a esperar que Jordi diera su vuelta terapéutica, mientras descubría las bondades aromáticas y el regusto del tempranillo que había descorchado para la cena de despedida.
Jordi estaba cansado de si mismo. Durante años pensó que el agotamiento venía del encierro voluntario al que se había sometido en esa pequeña ciudad en la que se había refugiado desde que abandonara su país; algo imperceptible le ahogaba, le cercaba, le restaba libertad. Con las manos hundidas en los grandes bolsillos de su cómodo jordan de algodón, por enésima vez se detuvo a contemplar la costa del Garraf, tranquilo paisaje mediterráneo del Bajo Llobregat. Llenó sus pulmones de esa brisa antigua y nueva al mismo tiempo que lo transporta a su Olivella, primer destino elegido cuando decide dejar su pueblo natal. Ya no tenía memoria de cuándo se había establecido en Sitges, seguro que después de recibirse de arquitecto en la capital, pero no guarda registros de esos primeros días, muy probablemente los borró con la intensidad que otorga el deseo de mudar de piel, cuando decidimos cambiar el presente atiborrado pasados inútiles y estorbosos, por un futuro incierto pero sin amenazas.

Decidió bajar a la playa, el aire otoñal lo reanima y es en ese momento cuando se da cuenta que no llevaba campera, subió el cierre de la camiseta y ajustó el volumen de su inseparable mp4 con canciones de Leonard Cohen, que sigue escuchando por pura costumbre, una de las poquísimas pertenencias que metió en su maleta el día que partió de casa de su madre. Pensó en el carácter de Sebas, tan diferente al suyo, libre, abierto, espontáneo; cómo era que seguían juntos!!!, sería eso amor verdadero?, una fundición de sentimiento, una devoción profunda debatiéndose entre emular al otro o conformarse con contemplarlo con una admiración que rozaba la más pura y sana envidia. Pero no, el ahogo, la ansiedad proviene del secreto, sí, ese secreto que lo acribilla, lo atraviesa, que lo arrincona y expone a la vez, ese estado pendular que lo mantiene entre querer hablar y no atreverse…aunque el lugar común y fácil le repugna en todas sus manifestaciones. No evitó que la frase atravesara su pensamiento: salió del closet ya viejo…pensó en su madre, en su hermana, se imaginaba sus caras de sorpresa y estupor….un suspiro hondo y un estremecimiento harto conocido lo paralizó mirando el cielo tan limpio en el cenit, que podía dibujar una línea imaginaria entre el azul intenso que caía recto y vertical sobre su cabeza, y el nadir que intuía glauco y brillante, del que lo separaba una inmensidad tan inescrutable como su destino, como el sin sentido que lo rodea, que lo asedia y lo oprime exponiéndolo a sus propias emergencias. El síndrome de la intimidad asediada…

Entonces vino lo inevitable. Una vez más volvió a su infancia, a su refugio al que durante muchos años consideró seguro y sereno, pero que hoy le produce escalofrío. Una vez más indaga y se indaga, cómo es que dejamos pasar la vida sin verla, sin sentirla, sin reconocerla. Se la entregamos a nuestros padres, se la ofrendamos como el premio que se merecen por sus afanes y entregas, nos despojamos de ella con tanta naturalidad sin preguntas ni dudas. Una vez más ondeando entre el olvido y el perdón, dos fuerzas y dos debilidades, una que nos lanza a un país extraño y el otro nos da la ilusoria creencia de que estamos curados.